San Miguel, desde la perspectiva de la antroposofía

«Quien puede vivir conscientemente el transcurso del año siente que toda su vida humana se enriquece enormemente al experimentarlo de esta manera. El ser humano actual, y también el de épocas anteriores, experimenta en realidad —y de una forma más bien apagada e inconsciente— únicamente los procesos físico-etéricos de su propio cuerpo, aquello que sucede dentro de su piel. Experimenta su respiración y su circulación sanguínea. Sin embargo, todo lo que acontece en el exterior a lo largo del ciclo anual, entre el viento y las inclemencias del tiempo; todo lo que vive en la expansión de las fuerzas de las semillas, en la fertilidad de las fuerzas terrestres y en el resplandor de las fuerzas solares, es igualmente significativo para la vida humana en su conjunto, aunque hoy el ser humano no sea consciente de ello. Su importancia no es menor que la de los procesos que tienen lugar dentro de su piel, como la respiración y la circulación sanguínea.

La manera en que el sol incide sobre una región de la Tierra y lo que provoca mediante su calor y su radiación son procesos que el ser humano experimenta junto con el mundo. Y cuando una persona acoge la antroposofía en el sentido adecuado, cuando no la lee como si fuera una novela sensacionalista, sino que permite que aquello que le transmite se convierta en contenido de su vida anímica, va educando poco a poco su corazón y su alma para experimentar interiormente lo que sucede en el mundo a lo largo del ciclo anual.

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Cuando llegan los acontecimientos propios del otoño y del invierno, cuando llega la época de San Miguel, el ser humano debe experimentar sensiblemente la vida que se marchita, decae, se debilita y muere; pero no debe abandonarse a la conciencia natural, como hace cuando llega el pleno verano. Por el contrario, debe entregarse a la autoconciencia. En las épocas en que la naturaleza exterior se extingue, debe oponer la fuerza de la autoconciencia a la conciencia natural.

Y entonces vuelve a alzarse la figura de San Miguel.

Cuando el ser humano, inspirado por la antroposofía, alcanza esta forma de disfrute y conciencia de la naturaleza y, al mismo tiempo, de autoconciencia otoñal, la imagen de San Miguel con el dragón vuelve a aparecer con toda su majestuosidad. Se manifiesta entonces aquello que el ser humano siente, al aproximarse el otoño, como la superación de la conciencia natural mediante la autoconciencia.

Esto puede suceder cuando el ser humano no solo es capaz de experimentar una primavera y un verano interiores, sino también un otoño y un invierno interiores, marcados por la extinción y la muerte. Al experimentar ese otoño y ese invierno interiores, la imagen de San Miguel con el dragón puede volver a presentarse como una poderosa imaginación y como una llamada a la acción interior».

— Rudolf Steiner, La vivencia del transcurso del año a través de cuatro imaginaciones cósmicas, GA 229, primera conferencia, Dornach, 5 de octubre de 1923.