Cultivando la tierra, cultivando al ser humano

“Para nosotros la tierra es algo sagrado”. Esa convicción llevó a Noelia Rodríguez a la agricultura biodinámica hace más de 15 años. En esta entrevista nos acerca una forma de cultivar que no sólo busca alimentos sanos, sino alimentos verdaderamente vivos. 

Con una mirada que integra ciencia, observación y respeto por los ritmos de la naturaleza, nos recuerda que comer es un acto profundamente formativo: lo que nutre el suelo también nutre nuestro pensar, nuestro sentir y nuestra voluntad. 

Acompáñanos a descubrir, a través de su experiencia, qué es la agricultura biodinámica y por qué el cuidado de la tierra es también el cuidado del ser humano. 

Para comprender la biodinámica, quizá lo mejor sea empezar por tu propio camino. ¿Cómo nació en ti esta vocación por la tierra y cómo te llevó hasta la agricultura biodinámica?

Soy hija, nieta, biznieta y tataranieta de agricultores y pastores. Toda mi vida la he pasado en el campo, viviendo con huerto y animales, viendo a mis padres y a mis abuelos trabajar la tierra. Ese vínculo nunca lo he perdido.

Cuando me tocó estudiar elegí Ciencias Ambientales en Granada. Me dio una visión muy amplia de cómo funciona el planeta. Después me especialicé en producción de olivar y elaboración de aceite porque yo quería trabajar en la tierra.

Pero lo que me contaban me chocaba mucho. Nos hablaban de herbicidas, de agricultura convencional… y yo pensaba: “si sé cómo funcionan los ecosistemas, esto mata la vida; yo no voy a hacer esta agricultura nunca”.

En casa nunca echamos herbicidas. Para nosotros la tierra es algo sagrado. La vida del suelo y de las plantas es algo sagrado. No podíamos echar veneno.

Me especialicé en agricultura ecológica y encontré coherencia, pero aún sentía que faltaba algo.

En ese momento trabajaba como técnica de producción ecológica cuando apareció Paco Vañó y me dijo que quería hacer aceite biodinámico. Yo apenas sabía qué era, pero llamé a la Asociación de Agricultura Biodinámica en España y contacté con su presidente, Julio Arroyo.

Fue curioso, como de destino. Llamé un martes y me dijo que el jueves pasaba por Jaén. Comimos juntos y recuerdo el libro del curso de agricultura biodinámica encima de la mesa. Mientras me hablaba de la conexión con los planetas, del organismo granja, yo pensaba: “esta es la agricultura que hay que hacer”.

A la semana siguiente ya estábamos poniendo preparados biodinámicos en la finca. Fue un amor a primera vista. Algo que yo ya tenía dentro germinó en ese momento.

Eso fue en 2011. Desde entonces llevo quince años haciendo agricultura biodinámica y he visto cómo la tierra y las plantas vuelven a expresar su máxima vitalidad.

“Para nosotros la tierra es algo sagrado”

¿A qué te refieres con máxima vitalidad?

La agricultura biodinámica lo que hace, en esencia, es poner las condiciones vitales para que la vida se exprese.

Ahora mismo estamos viviendo un momento en el que el planeta Tierra —sin dramatizar— tiene una bajada de vitalidad: por la contaminación física, por la contaminación de conciencia, por la contaminación electromagnética… Todo eso le resta fuerza.

Pero ahí está el ser humano para, entre otras cosas, hacer una agricultura correcta y devolverle vida al suelo y a las plantas.

¿Y cómo se hace eso? ¿Cómo se eleva la vitalidad de los suelos?

Aquí aparece Steiner. Rudolf Steiner, para quienes no lo conozcan, fue un científico y filósofo austríaco que se dedicó a la ciencia espiritual: a investigar qué hay detrás de la materia, qué fuerzas hacen que la materia se exprese.

Yo siempre pongo un ejemplo muy sencillo. Tengo aquí mi dedo. Si empiezo a moverlo muy rápido, llega un momento en que parece que desaparece. Pero que yo no lo vea no significa que no exista.

Hay una parte de la realidad que no se percibe con los sentidos físicos. El ser humano está dotado de capacidades que están dormidas, pero que pueden desarrollarse para percibir esa dimensión.

Hoy en día incluso desde la física cuántica entendemos que la materia es consecuencia de la energía.

Entonces, ¿qué nos aporta Steiner con su investigación —y recalco lo de investigación científica—? Un camino de conocimiento que, si distintas personas lo recorren, llegan a los mismos resultados. Eso es ciencia.

Aplicó ese conocimiento a varios ámbitos. Uno de ellos es la pedagogía, de donde surge la pedagogía Waldorf, que comprende al niño como algo más que un cuerpo físico.

Y aplicó esos mismos principios a la agricultura. Nos enseñó que el suelo no es solo piedra y arcilla, sino un mundo de fuerzas vitales terrestres y celestes que dialogan entre sí, y de ese diálogo nace la vida.

En junio de 1924, nueve meses antes de morir, Rudolf Steiner dio el curso para agricultores. Él mismo explicó que para desarrollar los preparados biodinámicos tuvo que investigar en alturas espirituales que nunca antes había investigado.

Ese curso recoge una sabiduría muy profunda y, para comprenderlo plenamente, hace falta una base amplia de antroposofía.

¿Cómo se eleva, entonces, la vitalidad del suelo y de las plantas?

La pregunta que nos hacíamos es: ¿cómo podemos elevar la vitalidad del suelo y de las plantas?

Steiner, gracias a su investigación espiritual, nos dio los preparados biodinámicos. También nos dio el concepto de organismo granja y una comprensión distinta del compost. Fue uno de los pioneros en decir: coge todo lo que aparentemente no sirve de la finca y reincorpóralo en forma de compost.

Siempre se ha utilizado el estiércol en la agricultura tradicional, pero no desde el enfoque que lo planteaba Steiner. En biodinámica, uno de los pilares de la fertilidad es que cuando acopiamos el estiércol y la materia orgánica de la granja y le añadimos los preparados biodinámicos —hechos a partir de plantas medicinales— ocurre algo extraordinario: aparece una microbiología muy específica que sabe organizar la vida del suelo para alimentar la planta.

Cuando esa microbiología llega al suelo, el suelo “sabe”. Se reconecta con las fuerzas del cosmos.

Hay algo tan evidente que no lo vemos. Si observamos el paisaje a lo largo del año en nuestra latitud —si estuviéramos en el ecuador sería diferente— vemos cambios muy drásticos. Aquí tenemos estaciones; allí sería primavera constante.

La tierra es la misma. Nadie cambia la tierra en primavera, verano o invierno. Entonces, ¿qué hace que en primavera brote la vida, que germinen las semillas? Viene del sol, de la relación del cosmos con el planeta Tierra. La Tierra, por sí misma, si no recibiera esa información del cosmos, estaría muerta.

Esto las agriculturas antiguas lo sabían perfectamente. Cultivaban mirando la luna, porque sabían que la luna influye en el crecimiento vegetal. Pero hemos perdido esa conexión.

La biodinámica nos recuerda que debemos tener en cuenta los ritmos de los astros que rodean la Tierra para acompañar esos ritmos y ayudar a la planta a crecer. Si nos equivocamos en un día de poda, podemos dificultar su crecimiento o favorecer enfermedades.

Se trata de comprender cómo funciona la vida en su conjunto, no solo en lo aparente, sino también en lo que hay detrás de que la vida aparezca, para acompañarla y que los cultivos estén sanos y funcionen bien.

Esto persigue dos fines: hacer que la tierra esté cada vez más viva y producir alimentos que alimenten al ser humano completo. Es decir, al cuerpo físico del ser humano, pero también a su pensar y a su sentir. Si no se cultivan correctamente las plantas, esos alimentos están incompletos.

Y eso nos lleva a hablar del concepto de organismo granja que nos regaló Steiner.

“La agricultura biodinámica pone las condiciones vitales para que la vida se exprese.”

 

¿En qué consiste el concepto de organismo granja?

El organismo granja es una visión: que todo lo que necesita la granja salga de la propia granja. Es como decir “yo me lo guiso y yo me lo como”. Esto es muy difícil; Steiner decía que es un ideal, pero que intentemos acercarnos a ese ideal.

¿Por qué? Porque si tengo animales en la granja —vacas, ovejas o lo que sea— y se comen la hierba de esa granja, el estiércol que produce ese animal es el adecuado para ese suelo que ha dado esa hierba. Y si el agricultor vive en la granja, va a poner una energía y una presencia que hará que todo funcione mucho mejor.

¿Qué pasa actualmente? Uno de los grandes problemas que podemos ver con mucha evidencia es que el organismo granja nos habla de la presencia de los cuatro reinos de la naturaleza: el mineral (la tierra), el vegetal (las plantas), el animal y el ser humano, que es quien organiza y coordina. Eso es lo ideal.

Si llevamos esto a la realidad e imaginamos los lineales de un supermercado, podríamos analizar de dónde viene cada alimento. Sin temor a equivocarme, puedo decir que la gran mayoría de los alimentos que comemos y que están en supermercados o tiendas no incluyen los cuatro reinos de la naturaleza. Está el suelo y la planta —porque sin eso no se puede cultivar nada—, pero hay poquísimas fincas donde los animales estén integrados en los cultivos, y poquísimas donde el ser humano viva en la finca donde se produce el alimento.

Esto tiene una consecuencia enorme para las fuerzas que están dentro del alimento.

Si pensamos que la palabra “animal” se parece a “ánima”, a alma, al sentir, y que el ser humano es el único que piensa, entonces, si en el sistema de producción de alimentos desaparece el animal y desaparece el ser humano, ¿qué aspectos del ser humano que come ese alimento se van a ver más afectados? El sentir y el pensar.

Seguimos vivos porque hay suelo, hay planta y hay alimento. Te lo comes, pero nuestro sentir puede estar más desorganizado, y nuestro pensar puede volverse como una telaraña: cuesta ver las cosas con claridad. No es que estemos enfermos, pero cuesta.

Si tenemos esto en cuenta, podemos explicarnos muchas cosas de las que ocurren a nuestro alrededor. Si miramos cuáles son los medicamentos más vendidos en el mundo —como medida indirecta de las enfermedades más generalizadas— encontramos ansiolíticos, antidepresivos, problemas mentales, Alzheimer, Parkinson… problemas relacionados con el pensar y con el sentir.

Entonces, ¿de qué nos alimentamos?

Hay un hecho que pasamos por alto y que nos une a todos los seres humanos: tenemos que comer. Mientras tengamos cuerpo físico, tenemos que comer todos los días.

Y aquí viene otra cuestión que plantea Steiner: ¿qué comemos en realidad?

No sólo comemos la materia del alimento, sino también la fuerza formativa que se ha ido acumulando durante su crecimiento. No es lo mismo cultivar con animales que sin animales. No es lo mismo que una familia cultive su granja a que lo haga una gran multinacional con máquinas que siembran y recolectan sin presencia humana.

Toda esa fuerza y toda esa energía se va imprimiendo en el alimento, y luego nosotros nos lo comemos.

“No sólo comemos la materia del alimento, también comemos las fuerzas que lo han formado.”

¿Y qué ocurre entonces cuando lo digerimos?

La cuestión es que todas esas fuerzas que han ido conformando el alimento, a través del misterioso proceso de la digestión, se vuelven a desplegar dentro de nosotros. Esas fuerzas contenidas en el alimento van a formar nuestros cuerpos: el físico, el pensar, la voluntad, el sentir.

Imaginad la enorme importancia que tiene lo que comemos. Es incompleto decir que construimos nuestro cuerpo solo con la materia que comemos.

Fijémonos en un bebé que mama. Cuando más crece una persona en su vida es en su primer año, cuando multiplica su cuerpo físico. ¿Y qué come? Leche.

Yo me di cuenta de esto con mi segunda hija, cuando ya estaba en todo este proceso. Hacía cuentas de cuánta leche podía beber al día, pero hacía más pipí de lo que tomaba de leche. Entonces, ¿de dónde saca esa criatura la materia? No puede ser solo una transformación mecánica de la leche en materia corporal.

Entonces, ¿qué misterio es la digestión? ¿Cómo formamos la materia de nuestro cuerpo? No es verdad que simplemente cogemos una proteína, la descomponemos y la volvemos a formar en nuestra proteína. Eso es incompleto.

La energía que va en el alimento despierta nuestros sentidos. En función de la energía que tenga el alimento y de lo que nosotros percibamos, vamos a captar esa energía y luego la transformamos en materia.

Es algo revolucionario, pero basta con observar la realidad. Hemos perdido la cualidad de fiarnos de nuestro pensar y de observar lo que tenemos alrededor.

¿Podrías poner un ejemplo sencillo de esa idea, algo que podamos observar en la vida cotidiana?

Yo digo: cuando un niño crece, cuando pega un estirón, ¿es en invierno o en verano? En verano. Y en verano, curiosamente, es cuando menos come.

¿Por qué? Porque se está “comiendo” la piscina, la playa, el estar fuera, la luz del sol, el aire. Está construyendo su cuerpo a partir de lo que percibe. Esto es una realidad; se puede medir y demostrar científicamente si se quiere, pero también podemos observarlo nosotros.

Por eso el tema de la alimentación es tan importante, y por eso Steiner hacía tanto hincapié en que había que cultivar reconectando la tierra con el cosmos a través de los preparados biodinámicos.

La agricultura busca vivificar la tierra y vivificar al ser humano, para que el ser humano pueda seguir su camino de evolución, pensar correctamente y tener voluntad para hacer lo que tiene que hacer.

¿Cómo vamos a cambiar el mundo si apenas tenemos energía, si solo nos da para estar tirados en un sofá? Si lo que comemos no tiene energía, eso se nota.

¿Y cómo podemos llevar esto a lo cotidiano, cuando vamos a comprar?

Cuando vamos a comprar, como mínimo que sea ecológico. Porque si encima comemos alimentos con tóxicos, el hígado tiene que ocuparse de limpiar la sangre, y toda esa energía que el cuerpo emplea en desintoxicar no la puede emplear en pensar, en hacer o en organizar nuestro sentir.

Vamos a poner un poco de atención cuando compramos. No hablo ya de comida procesada; simplemente intentar comer las cosas lo más vivas posible: mucha fruta, verdura, alimentos vivos. Esa vida es la que nos va a dar energía y va a construir nuestro cuerpo.

Imaginad lo importante que es esto para un niño de cero a catorce años, que está construyendo su cuerpo y ese cuerpo le va a servir toda la vida. Tengamos esa conciencia, cada uno en la medida en que pueda.

Luego está el tema del precio: “es que es muy caro”. Yo llevo más de veinte años en esto. Compro fruta ecológica y puede estar dos semanas sin pudrirse. Se deshidrata un poco, pero ahí está. Cuando compro fruta no ecológica, al día siguiente o a los dos días está pudriéndose.

¿Por qué se pudren los alimentos tan rápido? Porque no tienen fuerza vital. Nosotros nos descomponemos cuando morimos: entran hongos, bacterias y empieza la putrefacción. Observemos estas cosas.

Si compro algo que se pudre enseguida, no tenía vida para mantener su forma, y lo voy a tirar. Entonces, ¿de qué me sirve comprar un kilo de manzanas más barato si luego lo tiro?

Con el pan pasa lo mismo. Un pan ecológico puede costar más, pero con una rodaja ya no tienes hambre. Un pan industrial no sacia igual, y puedes comer más cantidad.

Hagamos números con cabeza, con observación y conciencia, no desde el mito de que es mucho más caro. Si el 80% de la dieta de una familia son cereales, pasta, legumbres, fruta y verdura, hacerlo en ecológico no supone necesariamente una diferencia tan grande, porque tiras menos y te nutre más.

“Es la misma ley de la vida, aplicada a un tomate o a un niño.”

Has mencionado varias veces los preparados biodinámicos. ¿Qué son exactamente?

Volviendo a la agricultura y a cómo conectamos el suelo y la planta con los ritmos vitales que les dan vida y que vienen del cosmos, Steiner nos enseñó los preparados biodinámicos.

Hay un preparado para captar las fuerzas del sol de primavera-verano, que se hace con cuarzo, que contiene silicio, el elemento que tiene la cualidad de conectarse con la energía solar, captarla y transmitirla. Por eso, por ejemplo, las placas solares se hacen con silicio.

Tenemos también un preparado para las fuerzas del sol de otoño-invierno, que traen fertilidad. Se hace con boñiga de vaca en un cuerno. ¿Qué hay más fértil que una vaca? Es un animal arquetípico de fertilidad.

Ese preparado de la luna aporta al suelo la cualidad de producir y regenerarse. El preparado del sol de verano, que es complementario, ayuda a la planta a florecer y fructificar bien. Las fuerzas del sol tienen que ver con la verticalidad; las del sol de invierno, con la horizontalidad.

Si esto lo escucha un profesor Waldorf, dirá que es lo mismo que ocurre en los niños: fuerzas verticales y horizontales. Es la misma ley de la vida, aplicada a un tomate o aplicada a un niño.

¿Y hay más preparados además de estos dos?

Además de estos dos preparados —el del sol de verano, que se aplica a la planta, y el del sol de invierno, que se aplica al suelo— están los preparados del compost.

Cada preparado del compost tiene relación con un planeta. Steiner recordó y tradujo a un lenguaje moderno algo que se sabía desde hace miles de años: que los planetas irradian distintas fuerzas formativas.

No es lo mismo lo que irradia Venus que lo que irradia Marte. Los griegos, por ejemplo, observaban esas cualidades. En Venus veían una fuerza de apertura; en Marte, una potencia de orden, de fuego, de impulso.

Steiner, que conocía esto, planteó: si tenemos una “antena” para el sol de verano y de invierno, podemos hacer también una antena para Venus, para Mercurio, para Júpiter… Entonces preparó esto, que fue lo que más le costó: llegar a la conclusión de cómo se hacía cada preparado.

Por ejemplo, el preparado de Venus se hace con milenrama, que se introduce en una vejiga de ciervo macho. No voy a entrar ahora en el porqué, pero hay una explicación de por qué se utilizan esas materias: porque tienen la cualidad de conectarse con la fuerza formativa de ese planeta.

¿Por qué Mercurio? Para que se entienda bien: la fuerza de Mercurio es el ritmo.

¿Podrías poner un ejemplo concreto?

La cualidad que pone Mercurio en la vida es el ritmo, porque es muy rápido. El año de Mercurio dura 88 días; gira muy rápido alrededor del sol y aporta ese ritmo.

Hay una planta típica de Mercurio: la manzanilla. ¿Qué hace la manzanilla en el cuerpo? Cuando la digestión se detiene, tomas manzanilla y la digestión vuelve a ponerse en marcha, por un lado o por otro. Activa ese ritmo.

Cuando entiendes esto desde el punto de vista del conocimiento, comprendes por qué pasan las cosas, no solo que “me tomo una manzanilla”.

Tenemos un preparado de compost con manzanilla que, curiosamente, se introduce en un intestino de vaca. El material tiene esa cualidad mercurial.

Luego se complementa con otro preparado vinculado a la luna, porque la luna tiene una doble cualidad: refleja la luz del sol y, además, al ser nuestro satélite, gira junto a nosotros.

Hay otro preparado que se hace con corteza; otro, el de Marte, con ortiga; el de Júpiter, con diente de león; y el de Saturno con otras materias específicas.

¿Y estos preparados cómo se utilizan, Noelia?

Estos preparados se hacen enterrándolos en la tierra durante seis meses. Es muy curioso ver cómo, por ejemplo, se entierra una tripa de vaca llena de flores de manzanilla en otoño, y lo que sale en primavera es como una tierra fértil. Se transforma en esos meses en un fertilizante.

Cuando lo investigas y ves la microbiología asociada, es un mundo. Pero, en cualquier caso, es un fertilizante con las fuerzas formativas puras de Mercurio.

De cada preparado se coge una pequeña cantidad —Steiner decía “como un guisante”— y se pone en el estiércol.

Esos preparados del compost se incorporan al estiércol. Es como si en el montón del estiércol pusieras el sistema solar: la fuerza de Mercurio, de Venus… ¿Qué le pasa a ese estiércol? Que adquiere una inteligencia universal impresionante.

Cuando esas fuerzas primordiales llegan al suelo, podemos imaginarnos la microbiología del suelo —los seres que dan de comer a las plantas y movilizan los nutrientes— como si fueran músicos.

Uno toca el violín, otro el saxofón; unos se encargan del nitrógeno, otros del potasio. Pero una orquesta donde cada uno toca por su cuenta no produce gran cosa.

Cuando aplicas el preparado biodinámico —ya sea el del sol de invierno, el 500 de boñiga, o compost con preparados— es como si pusieras directores de orquesta con las partituras. El suelo sabe qué hacer y cómo hacerlo.

¿Y cómo se refleja eso en la planta y en el alimento? La planta crece de forma armoniosa, respeta su ciclo y da lugar a un alimento que contiene las fuerzas del cosmos.

Cuando te comes un alimento que tiene fuerzas vitales del cosmos, puedes pensar mejor, sentir mejor y tener la voluntad para hacer lo que tienes que hacer en la vida.

Mucha gente dice: “yo no sé por qué funciona la agricultura biodinámica, pero funciona”. La ciencia no siempre puede explicarlo todo, pero funciona.

Si alguien quiere empezar a acercarse a la agricultura biodinámica, ¿por dónde puede hacerlo?

Ahora mismo estamos trabajando con un grupo de consumo de alimentos. Se está poniendo en marcha una aplicación que pronto podremos compartir, porque en los supermercados no es fácil encontrar alimento biodinámico. En España casi todo el alimento biodinámico se exporta al norte de Europa, fundamentalmente a Alemania.

Estamos organizando un grupo de agricultores que van a empezar a ofrecer productos biodinámicos y se pondrá en marcha una aplicación para facilitar los pedidos, aunque aún estamos muy al principio. 

También están surgiendo proyectos de apoyo a las granjas biodinámicas donde un grupo de personas sostiene la granja consumiendo sus alimentos, haciendo visitas, formación, etc. En realidad en España está todo por hacer, eso es emocionante.

Y luego, mucha gente —incluso en el colegio— me dice: “me encantaría aplicar la agricultura biodinámica en mi huerto”. Junto a Julio Arroyo estoy viendo la posibilidad de hacer cursos de introducción a la agricultura biodinámica orientados a la jardinería y al huerto de autoconsumo.

Cuando aplicas preparados biodinámicos en un jardín se nota muchísimo: parece una selva, las flores crecen con mucha fuerza, empiezan a desaparecer problemas de hongos… Se ve muy claro.

Así que quienes nos dedicamos a la formación tenemos en cuenta que cada vez más personas sienten que esto les resuena y quieren saber más. Poco a poco.

¿Cuáles dirías que son hoy los principales retos de la agricultura biodinámica?

El reto es la auto-observación. Darse cuenta de qué pasa cuando compro un alimento que no es ecológico/biodinámico y qué pasa cuando compro uno que sí lo es. ¿Cómo me siento cuando como de una manera o de otra? ¿A quién estoy apoyando cuando compro algo?

Creo que el gran reto que tenemos por delante es la presencia y la auto-observación. Son los grandes retos de nuestra era. Estamos tan distraídos, hay tanta información, tanto ruido, tantas propuestas… “No tengo tiempo de hacer la comida”.

Es como si alguien dijera: “no tengo tiempo de respirar”. Si no respiras, te mueres. No se trata de tener tiempo para respirar o para hacer la comida; son cosas esenciales.

Estos son los tiempos que nos han tocado.

¿Hay alguna especie de calendario biodinámico que oriente al agricultor? 

Sí, hay un calendario biodinámico. Gracias por preguntarlo. Todos los años, aquí en España, la Editorial Rudolf Steiner publica un calendario donde aparece cada día qué está “cantando” el universo.

La luna se va moviendo alrededor de la Tierra y se va situando delante de diferentes constelaciones. En función de la constelación ante la que se sitúe, en la planta se estimula hoja, raíz, fruto o flor. La planta puede “cantar” en cuatro canciones: fruto, hoja, flor y raíz.

Por ejemplo, si voy a sembrar rábanos —y lo que me como es la raíz— miro el calendario y veo qué día es de raíz. Si lo siembro un día de hoja, me saldrá mucha hoja y un rábano pequeño.

Esto fue investigado durante muchos años por Maria Thun, que realizó experimentos sistemáticos con siembras de rábano y desarrolló este calendario lunar. Desde hace más de sesenta años se publica anualmente.

En el calendario aparece la posición de la luna y qué parte de la planta está estimulada ese día. También señala momentos que no son favorables para la vida, como eclipses o el perigeo —cuando la luna está demasiado cerca de la Tierra—. Esos días no se trabaja la tierra; se dedica uno a tareas administrativas u otras labores.

Con ese conocimiento de cómo se relaciona el planeta Tierra con el cosmos, los agricultores realizamos las labores en consonancia con lo que está viviendo la planta. En lugar de ponerle zancadillas, la acompañamos y potenciamos la vida. Eso marca una diferencia en el alimento.

¿Y cómo se enseña la biodinámica en el colegio Micael o en las escuelas Waldorf?

En el colegio Micael, afortunadamente, los profesores que están a cargo de la asignatura de horticultura se están formando en agricultura biodinámica. En la formación Waldorf general hay un fin de semana dedicado a la agricultura, pero es poco para llevarlo a la práctica diaria.

En el colegio Micael hay un huerto en tercera, sexta y séptima clase. Y en novena clase está la semana de agricultura, donde los alumnos van a una granja —si es biodinámica, mejor— para realizar labores agrícolas y aprender.

El huerto es una herramienta central en el currículo Waldorf y suele estar presente en los colegios.

 

¿Hay algún motivo por el que sea en tercera, sexta y séptima?

Sí, claro. El currículo Waldorf está imbricado con el desarrollo del niño. A medida que madura, se le ofrecen determinados contenidos.

En tercera clase se trabaja mucho con los cereales: siembran, ven crecer el cereal, lo recolectan… Observan los “milagros” de la vida de una forma muy básica.

En sexto y séptimo, cuando ya estudian astronomía y algo de geología, pueden aplicar esos conocimientos en el huerto.

En novena clase, con unos catorce años, tienen más presencia y más conciencia. Y aquí surge una pregunta que suelo hacerles: imaginad que no existen médicos en el mundo. Sería un problema enorme, tendríamos que aprender a curarnos. Imaginad que no hay futbolistas, ni fútbol, ni televisión. Pero imaginad que no hay agricultores. ¿Qué pasaría?

No comeríamos. Nos moriríamos.

Es una profesión tan importante que Rudolf Steiner la incluyó en el currículo escolar para que los jóvenes tomen conciencia de que es una profesión clave para el desarrollo del ser humano. Todos vivimos de la agricultura.

“Tomar conciencia del alimento es esencial: es un acto diario que influye en nuestra salud física, anímica y mental.”

Para quienes quieran profundizar o formarse, ¿dónde pueden encontrar más información?

Puedes poner mi teléfono o el de Julio Arroyo. También está la Asociación de Agricultura Biodinámica de España, donde pueden informarse. Hay compañeros en distintos lugares que ofrecen formaciones. Quien quiera aprender encontrará su camino.

Yo también hago un curso online una vez al año, sobre todo para personas de Sudamérica que no pueden venir aquí. Son cinco sesiones de tres horas y dan una visión bastante amplia para empezar a aplicar la biodinámica en un huerto o jardín.

Para terminar, ¿qué te gustaría que las familias se llevaran de esta conversación?

Haría hincapié en la importancia de tomar conciencia del alimento. Es un acto diario desde que nacemos hasta que morimos, y repercute profundamente en nuestra salud física, anímica y mental.


Noelia contacto (607 251 319), granja@vegatorralbabio.es