De las manos a la pantalla: ¿cómo incorpora la tecnología el currículo Waldorf?

Retrasar el uso de determinados dispositivos digitales no significa educar de espaldas a la tecnología. Quizá, incluso, pueda significar todo lo contrario.
Una pregunta frecuente entre las familias que se acercan a la educación Waldorf es muy comprensible:
Si los niños utilizan pocos ordenadores y pantallas durante sus primeros años escolares, ¿estarán preparados después para desenvolverse en un mundo tecnológico?
Para responder, quizá deberíamos empezar preguntándonos qué entendemos realmente por tecnología.
Tecnología no es sinónimo de dispositivo
En nuestro lenguaje cotidiano utilizamos tecnología para referirnos a móviles, tabletas u ordenadores. Pero tecnología y dispositivo no significan exactamente lo mismo.
La palabra tecnología procede de los términos griegos téchnē —arte, oficio, destreza o saber hacer— y lógos —palabra, razón, discurso o estudio—. En sentido amplio, está relacionada con el conocimiento y las técnicas que nos permiten crear, transformar y utilizar herramientas para alcanzar determinados fines.
Una rueda es tecnología. Un telar también. Como lo son un motor, un ordenador o un sistema de inteligencia artificial.
Sin embargo, tener entre las manos un dispositivo tecnológico no significa comprender la tecnología que contiene.
Un niño puede aprender rápidamente a deslizar el dedo por una pantalla, abrir una aplicación o reproducir un vídeo. Ha aprendido a manejar una interfaz, pero eso no significa que comprenda cómo funciona aquello que utiliza.
Manejar un dispositivo y adquirir conocimiento tecnológico son experiencias diferentes.
Y esta distinción ayuda a comprender mejor el enfoque Waldorf.
Primero hacer, después automatizar
La pedagogía Waldorf propone una incorporación progresiva de los dispositivos digitales, atendiendo a la edad y al desarrollo de los alumnos.
Durante los primeros cursos se priorizan experiencias como escribir a mano, dibujar, calcular, construir, experimentar, hacer música y trabajar con diferentes materiales.
Pero esto no significa una educación alejada de la tecnología.
Cuando un niño trabaja la madera, cultiva una planta, cocina, teje o utiliza herramientas, entra en contacto con técnicas, materiales, procesos y relaciones de causa y efecto.
Hay una idea que atraviesa esta propuesta:
Antes de automatizar un proceso, resulta valioso haberlo experimentado y comprendido.
Una calculadora puede resolver una multiplicación instantáneamente, pero antes queremos que un niño comprenda qué significa multiplicar. Un buscador puede ofrecernos miles de resultados, pero encontrar información no equivale a comprenderla.
La herramienta automática llega después de determinadas experiencias fundamentales.
Del usuario al conocedor
Esta distinción resulta especialmente relevante cuando hablamos de los llamados «nativos digitales».
Que un niño haya crecido rodeado de dispositivos no significa que comprenda su funcionamiento.
Puede manejar perfectamente un móvil y desconocer qué ocurre cuando realiza una búsqueda, por qué una red social selecciona determinados contenidos o cómo un algoritmo decide lo que aparece en su pantalla.
En ese caso tenemos un usuario competente de una interfaz, pero no necesariamente alguien con conocimiento tecnológico.
Quizá uno de los grandes desafíos educativos actuales sea precisamente avanzar del consumidor al usuario consciente y, posteriormente, al creador.
Cuando llega el ordenador

A medida que los alumnos crecen, los dispositivos digitales pueden incorporarse progresivamente al aprendizaje.
La Association of Waldorf Schools of North America (AWSNA) explica que los ordenadores no ocupan un lugar central en los primeros cursos, mientras que en etapas posteriores pueden utilizarse en diferentes contextos y enseñarse competencias informáticas específicas.
El ordenador puede entonces convertirse en una herramienta para investigar, escribir, diseñar, programar, analizar información o desarrollar proyectos.
La pregunta deja de ser únicamente:
«¿Sabes manejar este dispositivo?»
y pasa a ser:
«¿Comprendes lo suficiente esta herramienta como para decidir qué puedes hacer con ella?»
Comprender antes de consumir
Esta cuestión adquiere todavía mayor importancia con Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial.
Cada vez utilizamos herramientas más complejas cuyo funcionamiento permanece invisible para nosotros. Podemos pedir una respuesta a una inteligencia artificial sin saber cómo se ha generado o recibir recomendaciones de contenidos sin comprender por qué aparecen unos y no otros.
Por eso, la alfabetización tecnológica necesita ir mucho más allá del manejo de dispositivos.
Supone aprender a preguntarse:
¿Quién ha creado esta herramienta? ¿Cómo funciona? ¿Qué hace con mis datos? ¿Por qué me muestra este contenido? ¿Puedo confiar en la respuesta que me ofrece? ¿Cuáles son sus límites?
El pensamiento crítico forma parte también del conocimiento tecnológico.
Prepararse para herramientas que todavía no existen
No sabemos qué dispositivos utilizarán nuestros hijos cuando sean adultos. Muchas de las aplicaciones actuales habrán desaparecido y la inteligencia artificial probablemente transformará profundamente las herramientas que conocemos.
Enseñar exclusivamente a manejar los dispositivos actuales sería, por tanto, una preparación limitada.
Resulta más duradero desarrollar la capacidad de aprender cómo funciona una nueva herramienta, comprenderla, cuestionarla y decidir cuándo resulta útil.
Para ello necesitarán conocimientos tecnológicos, pero también curiosidad, concentración, creatividad, autonomía y pensamiento crítico.
Esto tampoco significa retrasar indefinidamente el contacto con el mundo digital. A medida que crecen, los alumnos necesitan aprender a comprender Internet, proteger su privacidad, reconocer riesgos, utilizar herramientas digitales para estudiar y crear y conocer las posibilidades y limitaciones de la inteligencia artificial.
No existe necesariamente una contradicción entre proteger determinadas experiencias durante la infancia y proporcionar posteriormente una sólida educación tecnológica.
De consumidor a creador
Podemos pasar una hora recorriendo vídeos seleccionados por un algoritmo o utilizar un ordenador durante ese mismo tiempo para escribir, investigar, diseñar, programar o desarrollar un proyecto.
En ambos casos utilizamos un dispositivo. Pero nuestra relación con él es muy diferente.
Una educación tecnológica ambiciosa debería aspirar a que nuestros hijos no sean únicamente consumidores hábiles de dispositivos creados por otros, sino personas capaces de comprenderlos, cuestionarlos y utilizarlos conscientemente para desarrollar sus propias ideas.
De las manos a la pantalla
Vista desde esta perspectiva, quizá no debamos preguntarnos únicamente:
«¿Cuándo debe empezar un niño a utilizar un ordenador?»
Podemos hacernos otras preguntas:
«¿Qué comprende de la herramienta que está utilizando? ¿La utiliza para consumir o también para crear? ¿Puede decidir cuándo la necesita y cuándo no?»
Y, sobre todo:
«¿Qué capacidades queremos que haya desarrollado antes de poner en sus manos herramientas capaces de hacer cada vez más cosas por él?»
Porque preparar a nuestros hijos para un mundo tecnológico no consiste únicamente en enseñarles a manejar sus dispositivos.
Consiste también en ayudarles a adquirir el conocimiento, el criterio y la autonomía necesarios para comprenderlos y decidir qué quieren hacer con ellos.